martes, noviembre 02, 2010

Carlos


Carlos me ha llamado desde la sucursal del Greenpoint Bank, a siete calles de casa, en la misma Avenida Gates con Wykoff. Al salir de casa descubrí que estaba nevando. Llevo siempre una gorra en el bolsillo. Me he protegido de la nieve y he enfilado hacia mi punto de encuentro. Un loco por el camino me ha saludado. No le he devuelto el saludo. Me sentía alegre por el reencuentro con Carlos y he podido prescindir totalmente de su locura.

Carlos me esperaba en la puerta del banco, tiritando de frío, fumando, levantando una y otra vez los pies, alternativamente, como si estuviera pisando uva. En cuanto el cigarrillo ha salido repudiado de su mano hemos entrado en el banco donde tuvimos que hacer cola sentados en un banco. Después de la gestión que tenía que hacer le enseñaría mi nuevo apartamento, aunque todavía no tenía muebles.

La mujer que nos ha atendido parecía endiablada. Tenía la mirada turbia de la que ha entregado su hija a una secta satánica. Nos ha hecho sentar frente a su mesa y, a pesar de que ni se trataba de un asunto mío, ni entendía nada de lo que me decía, me miraba a mí. Carlos le exponía el problema y ella me daba a mí las razones. No sé si se debía a que era bizca.

Al salir, Carlos me ha invitado a comer pollo en un Kentucky Fried Chicken. Allí ha salido a la luz una pequeña realidad coincidente: uno de los tipos con los que Carlos estaba saliendo es amigo de Reginaldo. Al cabo de nada ya estaríamos en casa. Quizás no pasara nada, quien sabe, hacía tanto de aquello. Aquello pasó hacía unos cuatro años o más. Desde entonces he ganado peso y se me ha caído el pelo.

Le enseñé el apartamento sin muebles. Acababamos de pulir el parket y olía mucho a barniz. Ya se había secado y podíamos pisar, aunque no mucho. Le enseñé las vistas al huerto de la señora Moszczinski. Le dije que plantaba tomates y lechugas pero que no era temporada y por eso no se veía nada. También le enseñé el cerezo seco.

Nos sentamos en el suelo. Seguía nevando. Empezamos a acariciarnos. Acariciar a Carlos me parecía muy placentero. Tenía ojos de niño y mucho vello en el cuerpo. Hace cuatro años le dejé por eso, por el exceso de vello pero ahora no me importaba y hasta le pasaba los dedos por el pecho como si mi mano fuera un rastrillo. Después nos besamos. Por debajo de los pantalones se podía ver su erección. Me entraron muchas ganas de tocarla y sentir su dureza en mi mano mientras le besaba. Le besaba, nevaba, en mi boca su boca y en mi mano su erección. Desde que lo dejamos hace cuatro años que nos hemos visto ocasionalmente como amigos, nada más. Después él desapareció hasta el día de hoy que me llamó. Se había mudado a Connecticut con un novio. Al principio eran muy felices, vivían en una casa de dos plantas pero luego él le puso los cuernos y Carlos no lo pudo soportar. Creo que el mayor atractivo que le ví a Carlos ese día era ese aire de Connecticut. Los cuernos le habían dado a su cara una nueva dimensión. El, que siempre tuvo cara de bueno, la historia con su amante la había llenado de pequeñas sombras de perra. Esa combinación de bueno y perra me excitaban y su boca se me hacía más apetecible. Nos besabamos tan desesperadamente que por un momento quise tragarme su lengua.

Hasta entonces, Carlos, que estaba apoyado en la pared en posición "hazmelo todo" se incorporó y decidió asumir el papel de "te lo hago todo", así que me apoyé en la pared, me desabrochó los botones del pantalón, me la sacó y se la puso en la boca. La tenía tan caliente y esponjosa que más que meterla en una boca parecía que la hubiera metido en un balneario. Me pidió que eyaculara ahí mismo y después él lo hizo sobre mi pecho. Todavía sollozando, los dos nos apoyamos en la pared en nuestro nuevo papel de "ahora quisiera estar solo"

Había pintado yo mismo esa sala de azul, seguía nevando, el olor de barniz era fuerte, nos habíamos ya abrochado los pantalones (aunque no la camisa) y encendimos un cigarrillo. Le he enseñado fotos antiguas de cuando yo era delgado, de cuando tenía pelo, de cuando sonreía en Hoboken y la conversación iba fluyendo. Miró el reloj. Tenía que irse.

Le he acompañado hasta la calle Séneca, a la boca de metro de la línea M y he regresado sólo a casa donde, con el olor de barniz, todavía olía a Carlos. Abrí las ventanas para que cuando llegara Reginaldo no sospechara nada. La caldera de la calefacción empezó a silbar y el viento se llevó los restos de Carlos.

Mañana supuestamente voy a esa reunión de escritores en el sur del Bronx. Reginaldo dice que vendrá conmigo pero no creo que pueda.

Reginaldo por la noche tenía ganas de sexo pero a mí me dolían las bolas. Lo intenté pero me costó mucho. Me di la vuelta. A través de las ventanas se veía un cielo estrellado y frío. Reginaldo me abrazaba rozandome con su erección. Me susurró al oído que me quería mucho. Dos minutos después de eyacular se quedó dormido. No se oía un ruido en la calle. Ni un niño, ni una estrella fugaz, ni la mujer polaca que tiene un perro. Ni unas voces frenéticas, nada. Y, de repente, me sentí más solo que nunca.

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