lunes, noviembre 22, 2010

El agente literario

Me contó la historia de su abuelo que había contraído la sífilis en la guerra y que había pasado al estado terciario afectándole al sistema músculo-esquelético que le paralizaba en una silla hasta la muerte. Una vez su abuela quedó sola en una casa de cien hectáreas en el centro de la ciudad, Francisco iba mucho a verla y una vez falleció la mujer, él vendió la casa porque no le gustaban los recuerdos. Cuando vendió la casa, vino el camarero con las hamburguesas. Francisco usaba sandalias sin calcetines en invierno y tenía las uñas de los pies largas y negras como las de un águila. Cuando me propuso una reunión con una productora pensé que sus dientes estarían igual que sus uñas y que su alma estaría ribeteada de un oscuro podrido que apenas le dejaba claridad para sonreír con nitidez. Cuando le oí liberar un gas mientras nos despedía a la puerta de su casa la noche en la que tuvimos la reunión quise negarle ese gas. Hoy se lo concedo porque lo escuché, porque se le cayó y porque su interior está lleno de raigones, gases y secretos.
Uno de sus secretos fue secuestrarme.

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