miércoles, noviembre 03, 2010

El bombero de la Roosevelt


Por la calle, un grupo de hombres camina hacia un lugar y yo camino con ellos. Particularmente uno me llama la atención y le hablo. Es el hombre más robusto, alto y bello que jamás haya visto. Me habla y se muestra más interesado que yo. Me pone la mano sobre el hombro y me besa con ilusión prometiéndome verme después de su reunión. El es bombero y cuando llegamos a la Roosevelt me hace un simulacro de salvamento tirándome suavemente al suelo. Una vez en el suelo me hace algo con mi pierna. Yo me lo dejo hacer todo. Ni siquiera sé que hay gente en la calle. Le miro a la cara y pienso: “hasta la cara tiene de bombero”. Yo también voy por razones personales al local de la convención, sin entrar en la sala donde se celebra. Ese lugar se convierte en una fortaleza militar donde la guardia y todos los soldados se han descontrolado. Hay un caos en el cuartel y los soldados duermen borrachos por todos los rincones. Viene un hombre a inspeccionar el lugar y decide hacer un parte a todos los soldados. Improvisa una mesa, buscamos un enchufe para su lámpara y me siento bien y alejado del problema que se les cae encima. No dejo de pensar en mi bombero, pero el inspector me necesita y él está en esa reunión.

Me doy cuenta de que pasa mucho tiempo y que la reunión puede haber terminado. Decido entrar en la sala. La reunión era una especie de mesa romana muy larga que en lugar de mesa era cama y todos estaban encima cómodamente hablando en grupos. Busco al bombero. Está al final de todo hablando con una mujer y con un chico mantecoso que le está acariciando la barriga desnuda. Me siento mal y arrepentido de no haberle podido retener. Es demasiado tarde: me quedé sin bombero.

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