martes, noviembre 02, 2010

El huracan



Faltan tres horas para que pase el huracán al que llaman Isabel. El día es gris y un poco frío. Me siento tan decaído que cuando veo las cosas parpadeo profundamente, como queriendo no verlas. Me he levantado a las siete de la mañana con ganas de contar lo que vi con los ojos cerrados. He tenido sueños intensos sobre un edificio cerrado, sin ventanas, de paredes mugrientas, donde el rojo se fundía con el negro. La razón por la que el edificio estaba abandonado era porque fue una antigua escuela donde un maestro era psicópata y había cometido terribles crímenes. Mientras pasábamos por esa calle y me informaban yo leía la biografía del maestro. Luego continué leyéndola sobre el césped, tranquilamente, y supuse que la intensa energía que dejó el hombre produjjo el cierre inmediato del lugar. Más tarde, un amigo mío, alquiló un apartamento con vistas a toda Barcelona por quince mil pesetas. Fuimos a verlo para hacer ver que nos regocijábamos por su hallazgo. El apartamento era muy decandente, llovía y las puertas no cerraban bien por lo que me imaginé un duro invierno pero, claro, por quince mil pesetas al mes...lo que uno se ahorra en alquiler lo invierte en abrigos y mantas. El caso es tener una casa con vistas a la lluvia.

También soñé que estaba en los vestuarios de un gimnasio, en las inmediaciones de las duchas y dos negros muy descarados buscaban rollo entre los varones. Yo me encontraba tumbado a lo Maja de Goya en un banquillo de madera, presenciándolo todo y sabiendo de antemano que se fijarían en todos menos en mí. Eso no me producía ansiedad. Pero, para mi sorpresa vi que se acercaba uno de los negros con el miembro viril fuera. Lo había estado enseñando a los deportistas cansados bajo el agua de la ducha sin resultado alguno, así que vino hacia mí con el pene en las manos. Estaba flácido pero era inmenso. Parecía un torpe bistec de ternera. El caso es que se acercó tanto que me sentí aludido. Me pasé el pene por los labios y era suave y marrón. Me propuso mover unas taquillas para hacer un círculo con ellas y meternos dentro. Dentro del círculo de taquillas estábamos solos, era un mundo nuevo. Se nos desataron las pasiones y sólo recuerdo los sollozos, las ganas, el drama del amor espontáneo, traumas y fuegos artificiales. Cuando me desperté me sorprendí a mí mismo moviendo las caderas hacia delante, como un perro cuando le han quitado el cojín que estaba cabalgando.

Mima me ha mandado a comprar sopas porque tiene miedo de que el huracán Isabel arrase con el supermercado. Me pregunto dónde estará todo cuando haya pasado el huracán. Faltan dos horas y media. Los medios de comunicación dicen que el centro del huracán no pasará por Brooklyn. Qué más da, yo por precaución ya lo he borrado todo. Para mí Isabel ya ha pasado o pasó hace mucho tiempo. Su centro sí pasó "por mí" y no dejó ni las sopas instantáneas.

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