miércoles, noviembre 03, 2010

El Rotweiler de la 37


Como tantas otras noches, salgo a pasear por Jackson Heights. De mi casa hasta Vaseline Alley, de Vaseline Alley hasta la Roosevelt. No cruzo la Roosevelt, sólo llego hasta allí y doy media vuelta. Tampoco entro en ningún bar. De regreso a casa, en la Avenida 37 una pareja estaba discutiendo. El tono de las voces fue subiendo hasta que la discusión se convirtió en pelea. Ella se agarraba a una verja y él trataba de desasirla. Lo hacía con movimientos tan bruscos (quizás era necesario, la mujer parecía muy pegada a la verja) que parecía que la pegaba. Como no había manera el hombre intercalaba la fuerza con alguna que otra colleja. Por el otro lado de la calle, un tipo con el pelo largo recogido en una cola paseaba a un Rotweiler y se percató de la reyerta. El chico se detiene y grita que llamaría a la policía si volvía a pegar a la mujer adherida. El hombre le respondió con un insulto tipo hijo de puta o algo así pero el chico de la coleta no pensaba darse por vencido. Volvió a amenazarle con lo de la policía y después le llamó cobarde y como el hombre ya ni reaccionaba decidió ir todavía más lejos. Como estaba con su Rotweiler y se sentía seguro le gritó: Si eres tan macho de pegar a una mujer...no me acuerdo bien de la amenaza pero era del tipo "pégame a mí si te atreves" Ahí el hombre con su agresividad a cuestas se ha dispuesto a cruzar la calle para demostrar su virilidad con el de la coleta y el de la coleta, para no quedarse parado también se ha dispuesto a cruzar la calle. Lo más lógico era que uno esperara a otro porque no podían pelear en medio de la carretera. Cuando el hombre se encontraba ya a medio camino, el chico le ha ordenado al perro que le atacara pero el perro se ha puesto muy nervioso y no atacaba. Le vuelve a insistir que ataque, el perro se pone aún más nervioso y al que ataca es a él, a su dueño. El hombre encontró al chico de la coleta ridículo y regresó con su mujer, la cual ya no estaba tan adherida y miraba la escena con cierto perplejo.

Cuando el hombre vuelve a encontrarse con su mujer ya ninguno de los dos siente apego hacia el papel que estaban representando. Quizás ya ni se acuerden de la pelea. El le dice a ella dándole un golpecito en la espalda: Anda, vamos. Ella, todavía sin dar crédito a la interrupción le ha obedecido. El chico del perro, a lo lejos, reñía al perro. El matrimonio, también a lo lejos, se iba en paz.

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