miércoles, noviembre 03, 2010

Idilio en Santo Domingo


Un amigo mío dominicano que conocí a través de internet venía a verme desde Santo Domingo. Yo, entonces, vivía en un pequeño apartamento en Puerto Rico en primera línea de mar. Teníamos un pequeño balcón en el que sólo podía salir de día por lo del vértigo. Además, de noche, hacía las veces del cuarto de mi hermano que, aunque casado, venía algunas noches a dormir. El apartamento era pequeño y era nuestra vivienda habitual pero parecía mucho más espacioso de lo que era. De hecho era un lugar muy apto para vivir todos: mis padres, mi abuela, mi hermano de vez en cuando y yo. No tenía hermana en el sueño y mis padres eran diferentes a los que tengo. La única que era real era mi abuela y, aún así era una réplica un tanto despeinada y bastante alejada de lo que ella era.

Recky estaba muy contento de conocerme. Era más delgado de lo que yo me imaginaba (es más, me lo imaginaba gordo). Estuvimos hablando sobre una cama de lo contentos que estábamos. Su piel era trigueña. No me parecía una persona físicamente de mi agrado pero como tenía una erección notable no pude por menos que tocarle. Eso lo tradujo como muestra de aprobación y noté que le di una alegría.

En la sala de estar, que, en realidad era toda la casa; la cama fue añadida por mi capricho en un lugar fuera de ella para crear una escena aparte, pero no existía. Cuando acabó esa escena fue demolida automáticamente.

Estábamos esperando que dieran por televisión una película de terror muy reciente que estaba teniendo un éxito enorme. Antes de empezar a verla era necesario leerse unas notas sobre ella. Me pidieron que las leyera. Estaban en una revista y en varios idiomas, pero yo no me di cuenta y la estaba traduciendo del italiano. Recky, sentado con mis padres se sentía muy bien aceptado, tan bien que ni se daban cuenta que estaba allí, deseándome. Les pedía silencio continuamente y parecía como que lo que traducía no pertenecía a la película en sí. Buscaba y buscaba la página donde hablase de la famosa sinopsis que había que tener en cuenta antes de verla. Mis padres tenían miedo de que mi abuela al verla tuviera un ataque de corazón. Esa era una de las razones por las que querían verificar que el terror no iba a ser muy fuerte. A ella le parecía bien que nos cercioráramos de ello, porque no pensaba retirarse a su habitación. Ella estaba sentada en un sillón. Ricky me quitó la revista y me mostró la sección en español. No tuve que traducir.

Después Recky se sentó en el sillón y mi abuela en el suelo. Llevaba uno de esos vestidos de luto que ella usaba pero con tirantes. Uno de los tirantes lo tenía caído y dejaba ver su piel pálida y fláccida. Había adoptado una postura típica de la gente joven. Tenía el brazo apoyado en la pierna de Recky.

Mi madre y mi abuela se retiraron a buscar algo y, cuando mi abuela hubo desaparecido, Recky me hizo una señal tocándose la nariz. “Tu abuela apesta”, dijo. Yo sabía eso, así que no dije nada a su favor. Lo único que se me ocurrió decirle era que ella se lavaba con un trapito mojado con alcohol todas las noches. “Eso no es suficiente”, replicó.

De vez en cuando, Recky me pedía que me sentara entre sus piernas. comprobando que nuestra postura no molestase a nadie pero nadie parecía darse cuenta que mi amigo, con sus caricias estaba metiéndonse en un idilio.

Recky quiso salir al balcón, era una noche perfecta. Una vez allí le confesé que no podía salir de noche por mi vértigo e intentó convencerme bailando un merengue. Bailaba muy bien, muy armónico, pero no me convenció. Luego salieron unos niños, pero como no sé ni quienes eran ni de donde salían haré como si no hubieran existido.

Salimos del apartamento en el que, al parecer íbamos a dar una fiesta (la alegría caprichosa de los sueños nos permite cambiar de planes cada vez que se nos antoja y, allí donde no cabía ni mi hermano era capaz de montar una fiesta al aire libre y con piscina). Yo dejé algo en la recepción. Mi casa se había ensanchado notablemente. Las paredes eran de madera pulida y el suelo de mármol. Aún así, no me sentía más orgulloso de esa casa que de la primera.
Antes de salir a la calle teníamos que atravesar una tienda en la que vendían curiosidades y comestibles. En la sección de dulces, Recky me mostró una de las cajitas largas de la casa Bausch and Lomb de la que era dueña una amiga suya. Le dio la vuelta al producto y me enseñó su nombre. “¿Ves? Cristina X?”. La cajita me gustaba. Eran trocitos de caramelo crujiente bañados en chocolate. Era demasiado cara y no era algo para comer a destajo, sino que servía de adorno para pasteles y otros dulces en dosis moderadas. Me di la vuelta e intenté buscar algo parecido más barato. Recky seguía esperando mi reacción a lo de su amiga. La gente rica no me gusta, son los que menos dan.

Mi amigo parecía tener un poco de prisa por salir a la calle, quería que yo hablara con un amigo suyo que estaba en Santo Domingo.

Abrí los ojos y me di cuenta de que la tarde se sumía en un sueño. La casa estaba a oscuras. Ni las paredes eran de madera pulida ni el suelo de mármol, pero me alegré en cierta medida: no sabía cómo decirle a Recky que estaba demasiado delgado para mí.

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