martes, noviembre 02, 2010

La esperanza y el número ocho


Cuando las cosas empiezan a irte bien, y tu pequeña empresa se expande, cuando grandes empresas extranjeras se interesan por ellas, invierten y dejas de ser pequeño, creces y un nuevo mundo de posibilidades se abre ante ti. Así se le abrió a Alberto un piso de doscientos metros en la calle Balmes y después una torre en Pedralbes. Cuando no somos nada y nos dan el derecho de pasearnos por esas zonas imposibles, las miramos como si fueran un horizonte, no están hechas para nosotros y no tenemos la certeza de que existan para alguien. Pero ahora veo cómo ese mundo del lujo y del imposible pudo habérsele abierto a Alberto cuando todo empezó a irle bien. Debe de ser bonito ver cómo se te abre la vida, como todo se vuelve accesible, cómo no importa ya lo que cueste.
Dice David que la vida no se me abre porque tengo el número ocho en algún lugar de mi cábala y mi ausencia del número dos en mi nombre no me ayuda mucho tampoco.
Quisiera escribirlo todo desde el principio. Escribir cómo se ha ido desarrollando mi vida día a día hasta el desastre en que se ha convertido. Me pregunto si ha valido la pena, si debía de haber dedicado más tiempo a algo que pudiera serme de provecho ahora. Nunca he pensado que fuera importante ser rico pero el día en que Alberto me invitó a su casa y me contó su vida durante los años en que yo ya no le veía me imaginé esa vida imposible y nueva abrírsele. Me imaginé poder hacer cualquier cosa, comprar una casa en Santorini, comprar el blanco y el azul, extendiéndose ante mí, ofreciéndose, regalándose a cambio sólo de dinero que me sobra.
Alberto no sólo me enseñó su casa, no sólo anocheció y las luces de la piscina del jardín se encendieron simulando un pequeño pedazo de mar privado, sino que también me mostró su familia. Luisa no había cambiado mucho, incluso fumaba del mismo modo que fumaba hacía veinte años. Las niñas dormían arriba. En todo ese tiempo él había construido algo que le daba una perspectiva histórica. ¿Cuánto habría sacrificado por ello? Me pregunté si el sacrificio, sea el que fuese, valió la pena y me pregunté si los sacrificios que nos imponen por nuestro éxito es para todos el mismo.
De regreso a casa tomé la Diagonal. Decidí caminar un poco. Pasaban seres humanos haciendo deporte, suspirando igual que en el acto sexual. Pasó uno con un pantalón blanco corto y sin calzoncillos. Las bolas enormes le bailaban de un lado para otro. El hombre desnudo, la sexualidad callada, las posibilidades…¿Qué sentiría Alberto cuando se le abrió la sensualidad? De repente, así como pudo comprar cualquier cosa, también pudo despertar el interés de cualquier mujer o hombre, de esos hombres y mujeres que, así como las propiedades imposibles, sólo viven en terrenos imposibles y se ofrecen sólo a los que entran triunfantes por el camino del éxito.
Un sentimiento de horrible soledad, de aislamiento con eco me fue acompañando por la Diagonal hasta Calvo Sotelo. Ahí tomé el taxi con el dinero que Alberto me dió para regresar. En realidad, también caminé para ahorrarme un poco de aquel billete. Estaría bien que todos pudieramos disfrutar de bienestar. ¿Por qué la mayoría vivimos sufriendo por subsistir? ¿Por qué a algunos nada se nos abre? ¿Por qué hay tanta falta de ochos y de doses en la Tierra? ¿Cuál es el número de la fortuna? ¿Qué palabras mágicas provocan la apertura de todo, de absolutamente todo? ¿Habrá algún tipo de justicia después de esta vida?

Todavía no sé si regresaré a España. Desde aquí la veo más amable de lo que es cuando estoy allá y tengo casi claro que su color es el amarillo. Brasil es muy grande, no tiene un color para todo el país, pero ni siquiera sé si Sao Paulo tiene color alguno. Brasil está viviendo una dictadura pero nadie lo sabe. Brasil es el país idóneo para hacer lo que quieran sin que el pueblo lo sepa. Lo que les digan harán y además convencidos de que es lo que tienen que hacer. En el cine, durante la película, se pasean guardas controlando que el público esté donde debe estar. A ellos no les molesta porque les dicen que es por su seguridad. Alguien hizo de este país un lugar peligroso con ese fin. Deben de pagarles a cuatro tipos para que roben y puedan así justificar tanta vigilancia. El ochenta por ciento de la población vive practicamente arañando las paredes para sobrevivir pero, sin embargo, tienen la capacidad de defender y animar a sus equipos de fútbol hasta la muerte. La semana pasada vi a dos indigentes durmiendo en la calle celebrando el gol de la selección brasileña en el mundial de fútbol mientras yo cruzaba el puente hacia Consolação. He sentido una náusea intensa tan profunda que les hubiera despojado de sus mantas y sus cartones. ¿Cuándo despertaremos todos? Les quitan el dinero, les quitan la vida, les encierran en un callejón sin salida y aún así logran que celebren el gol de su equipo. Todavía hoy se siguen oyendo las trompetas en la calle. Celebran la victoria del partido de hoy.

A veces siento necesidad de decirlo todo, como hoy. Otras sólo quiero callarme, impedir que oigan mi pensamiento. Hace unos años sólo pensaba en escribir y ahora sólo pienso en no hacerlo. La literatura tampoco se me abrió. He vuelto a releer Crimen y castigo en portugués y hasta en portugués sigo viéndome derrotado, como Raskolnikov en su sofá. Los demás alrededor de él hablan del asesinato perpetrado por él y él calla. Las palabras no tienen sentido, flotan sobre su cuerpo abatido. A cada capítulo duermo, duermo con él, siento sus pesares, sus preocupaciones y todas sus dudas. Incluso vivo en una miseria parecida con el agravante de que me duele una muela. Tengo que aguantar el dolor hasta final de mes que cobraré por las clases de la última quincena. Ya me dejé dos muelas en una consulta ilegal en el Bronx. En la parte de arriba sólo me queda esta que me está doliendo, no puedo dejarla en São Paulo. No puedo diseminar mi dentadura por el mundo. La necesito para masticar lo que puedo ir comprando para comer.

Sin embargo, persiste una pequeña esperanza de que algo se abra algún día.

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