lunes, noviembre 22, 2010

La exposición de vaginas

Hay un actor que va haciendo trabajos por aquí y por allá. Se llama Ernest. Y hay una actriz que no consigue trabajos ni por aquí ni por allá. Se llama Gladis. Ernest vive en el East Village, en un estudio, en un sexto piso, en un edificio con portero. Desde el estudio se divisa todo Manhattan y, a veces, Ernest se enciende un porro y mira escenas sexuales de sus vecinos con un telescopio. El telescopio lo compró para mirar la luna y las estrellas pero de día, como no se ven, ve a los vecinos desnudos. Le gusta mirar a las parejas en acción y tanto le gusta él como ella. Eso lo llama bisexualidad. Los hombres le gustan jóvenes, lampiños, muy delgados, extremadamente delicados y activos. Las mujeres le gustan esbeltas, asertivas y de poco pecho. Conoció a Gladis donde se conocen generalmente los actores, en una fiesta. Gladis había sido contratada para leer un cuento en el cumpleaños de un niño. Los niños hicieron un corrillo y Gladis no sólo leyó, sino que también interpretó un poco. Ernest se enamoró de ella en cuanto se subió al piano pero no le gustó que interpretara al hada madrina con acento francés. Esa noche terminaron en el apartamento de Gladis, en Astor Place. Lo hicieron en todos los rincones de la casa y al día siguiente quedaron como amigos. Salían juntos a eventos y a fiestas, Gladis se emborrachaba, insultaba a alguien y normalmente regresaba sola a casa. Si se emborrachaba sin insultar, Ernest la acompañaba pero no siempre subía a su apartamento. Y si alguna vez subió lo hicieron pero ya no por toda la casa.
A Ernest le parecía que Gladis sobreactuaba, por eso no le informaba de las audiciones ni le ayudaba a encontrar papeles. Cuando hablaban de teatro siempre terminaban peleando. 
Ernest la llamó para ir juntos a una exposición de vaginas que había en el West Village. Las exposiciones eran perfectas para empezar la noche porque normalmente se servían canapés, se bebía vino y se podía socializar un poco. Gladis era muy elegante, sabía llamar la atención con su vestuario. Usaba mucho los rojos y los sombreros, abusaba del carmín y no tenía reparos a la hora de ponerse una minifalda de cuero. A Ernest le gustaba entrar con ella en los lugares agarrándola por la cintura y ella se dejaba llevar como una pluma.
Cuando entraron, una mujer estaba leyendo poesías suyas al tiempo que se quitaba la ropa. En el quinto poema ya tenía los pechos al aire. Detrás de ella había un cuadro con una vagina alada. Pasó un camarero ofreciendo vino y Gladis y Ernest siguieron caminando con su copa. A Gladis no sólo le gustaba mucho el vino tinto, sino que además le encantaba pasear la copa. Y sólo por empezar a pasearla caminaron hasta el próximo número donde proyectaban una filmación de una mujer menstruando en una bañera sin agua mientras un pintor, aprovechando los fluídos, mojaba su brocha y dibujaba algo en una tela. Nadie prestaba mucha atención a la filmación pero sabían que estaba allí, gobernándolo todo.
Todo parecía ir a pedir de boca hasta que Gladis se encontró en la mesa de los manjares con una amiga que le debía una explicación (con disculpa) de algo. En cuanto se encontraron las dos de frente, Gladis le tiró el vino de su copa en la cara. Antes de que la amiga reaccionara Gladis la abrazó y le pidió perdón. Ernest tuvo miedo de que la decadencia de la noche hubiera empezado.
- Hacía cuatro años que no me llamaba, se lo tenía merecido.
La amiga que recibió la afrenta la perdonó y las dos hablaron durante un rato. Tenía los pechos muy grandes e iba muy escotada. Caminaron las dos hasta una sala donde unas mujeres alrededor de una mesa comían y charlaban. Gladis se detuvo en el punto exacto donde convergerían las miradas de todas ellas, detuvo la conversación y empezó a pasar su dedo por el canalillo de su amiga, como siguiendo las márgenes de un río en un mapa con su uña. Después le arrancó el escote y las mujeres de la mesa aplaudieron. En cuanto cesaron los vítores, Gladis se fue al encuentro de Ernest, que estaba hablando con un joven novelista de piel morena.
A Ernest nunca le gustaron las pieles morenas, en ninguno de los sexos. Pero esa piel morena le resultaba diferente y se lo presentó a Gladis como "un artista transparente". El mulato quedó fascinado por casi todas las poses de Gladis y empezó a desarrollar una extraña fascinación hacia ella. Y como siempre, después de una fascinación de ese tipo viene un pene, la súbita erección del joven novelista trigueño despertó en Ernest su bisexualidad.
Encontraron una sala vacía, entraron los tres y cerraron la puerta. Marlon dijo que era hora de ponerse cómodos, se quitó toda la ropa y se quedó en calzoncillos blancos. Ernest hizo lo mismo. Gladis, que hasta entonces había permanecido inerte como una virgen en una hornacina, se dejó abrir la blusa. Marlon se metió un pecho en la boca y Ernest el otro, entrecerrando los ojos. 
- Tus tetas siguen siendo como las de una niña -dijo Ernest una vez-
Marlon se quitó los calzoncillos y Ernest, al ver el miembro tieso, empezó a acariciarselo. Eso incomodó un poco a Marlon y temió que la mano de Ernest fuera un requisito para llegar al cuerpo de Gladis.
- ¿Te molesta que te toque? -le preguntó Ernest-
- No, siempre y cuando no te excites demasiado.
Hay verbos que no admiten adverbios: Excitarse mucho, dormirse un poco, morirse un rato, desmayarse a medias...Si van seguidos de un adverbio es porque se está manejando la ironía.
Estaba claro que Ernest estaba de más. Tampoco Gladis le estaba prestando mucha atención, así que Ernest se retiró a su apartamento y Gladis se llevó al novelista al suyo.
Por la mañana, Gladis se despertó con resaca. Marlon ya se había ido. Las sábanas estaban acartonadas del sudor de la noche anterior y olían un poco a esperma y a pies. Posiblemente me penetró, pensó ella. Fue hacia el teléfono y marcó el número de Ernest.
- Estaba tan borracha.
- Yo también.
- Me siento tan puta...No sé qué hacer.
- Todos somos un poco putas.
- Creó que me folló, no me acuerdo. Eso es lo peor de todo. Si por lo menos me acordara...
- Vente a casa, iremos a comer algo por ahí.
- ¿Adónde iremos hoy?
- Hoy reparten olivas y quesos en el Jacob Javitt.
- Demasiado grande pero voy a darme una ducha, me quito lo de ayer y empezamos con lo de hoy. Creo que sí soy una puta.
- ¡Qué importa, estuviste magnífica!
- Está bien, voy pero no hablemos de teatro. Nunca me reconocerás como actriz.

Cuando Gladis salió a la calle, el sol se estaba poniendo. Pero ella se sentía mucho más a gusto bajo la luna. 

1 Comentarios:

Blogger Aldabra dijo...

Me gusta como escribes, me gustan tus relatos, tan delirantes que parecen irreales pero que podrían ser verdad ¿por qué no?.

Ernest y Gladis están condenados a entenderse sólo que ellos aún no lo saben.

biquiños,

11:55 a. m.  

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