miércoles, noviembre 03, 2010

Odisea en dos estados y en La Mayor


La semana pasada después del Flamenco II quedé con mi amigo Richard para acompañarle al dentista. Eso fue el domingo y el dentista es un amigo suyo dominicano, gay, bastante guapo aunque no de la personalidad que me gusta porque es muy lanzado para mi gusto. Le acompañé para ver si él me hacía un plan de pago y podía hacerme de una vez la endodoncia a precio de amigo. Me dijo que si me casaba con él me lo haría gratis, si quedábamos como amantes la mitad y si no eramos nada me lo dejaría a precio de amigo. No sé cómo puedo gustarle a un dentista con la boca que tengo.

Me hizo una revisión y me vio caries camufladas que nadie me había visto. Un total de unas seis o siete. Total, sin contar la endodoncia serán 540 dólares pagados a cómodos plazos. Al salir de allí nos íbamos con Richard al Dugout, al bar de osos pero antes quiso pasar por casa de una amiga a entregarle algo. Entre unas cosas y otras se hizo demasiado tarde y le invité a cenar. Después de la cena, como no me apetecía irme le propuse ir a su casa. Como vive en el culo de New Jersey cuando voy me quedo a dormir. Al día siguiente me propuso que pasara por su trabajo para presentarme a un negro muy grande y horrible. Como a Richard nunca le gustó mi amigo Silvester y para mí era un dulce presidiario, pensé que podría ser que Marcos fuera igual, pero no, era verdaderamente horrible. Comimos en las instalaciones de su trabajo y después me fui, tomé el tren y me bajé en Christopher Street porque en la estación de Newark un negro me enseñó el pollón en el baño y quería seguir viendo cosas.

Eran las cuatro de la tarde y parecía que iba a llover. No me importaba, claro, yo seguía caminando.

Pasé por algunos bares donde solía hacía años hacer paraditas pero todavía no habían abierto. Ty´s estaba cerrado, Hangar también, Monster también. Un gordito de razas muy mezcladas (tanto que parecía tener un síndrome) al mirarle cambió de rumbo y empezó a seguirme. Me sentí un poco personaje de Hitchcok en Vértigo. Al pasar por una cafetería, vi a un negrito corpulento tomando un café y mirando por la inmensa vidriera. Nos miramos, me paré, sonrió, entré y empezamos a hablar.

Se llamaba Derrick, trabajaba en el Hilton de Manhattan, había sido guardaespaldas de famosos, tenía licencia de armas pero ese día no llevaba el revólver en la bolsa, a sus pies. Cuando descubrimos que los dos vivíamos en el mismo barrio (Ridgewood) nos hizo gracia. Eso nos unió un poco más. Le invité a tomar algo, una coca-cola y yo una cerveza. Le sonó el teléfono y le dio instrucciones a alguien de cómo llegar. Esperaba a un amigo italiano (italiano de verdad) Se llamaba Sandro y era simpático, delgado, sonriente. Sandro pensaba que yo conocía a Derrick desde hacía tiempo y yo pensaba lo mismo de ellos. Sandro esperaba también a alguien que los dos conocían. Eso es lo que me hizo pensar que se conocían de tiempo, pero no. Parecían tener problemas con la tercera persona. Había desconectado el teléfono y cuando me dio por aclarar la situación me contaron que Sandro conoció a un amigo de Derrick en la discoteca Splash. Derrick había vivido en Nueva York pero se mudó para Tennessee, creo, y estaba de visita en casa de Derrick. Sandro y el amigo se gustaron y hubo flirteo sin cópula. Se vieron al día siguiente y Sandro conoció a Derrick. Los tres habían quedado en verse el domingo en el Village (donde transcurre toda esta acción) pero el amigo no se presentaba y había desconectado el teléfono, dejando a Sandro en un ligero estado de preocupación.

Sandro hace nueve meses que vive en Nueva York y es el secretario de una escritora italiana muy famosa llamada Oriana Fallaci, que está enferma de cáncer, es alcohólica, tiene unos setenta años y vive en una casa de cuatro pisos en el centro.

Me interesé por la escritora porque yo había leído dos de sus libros. Sandro me dijo que era una cabrona y muy mala persona. No tiene amigos, está sola en el mundo, se pelea con la gente, a él le grita, etc. Incluso los de la editorial suya, Ranzoni o algo así, la detestan de tal manera que le han ofrecido a Sandro que escriba un libro de sus miserias, cosa que hará en breve.

De vez en cuando, Sandro salía a la calle a llamar al amigo que les dio plantón y yo ya, contento con mis dos cervezas, hacía acercamientos con Derrick. En uno de esos momentos pude ver a través de sus pantalones una poderosa erección con una punta de rocío.

Sandro se cansó de esperar y llamó a un amigo suyo, un judío de origen ruso, delgado, de aspecto prepotente que no tomó más que agua del grifo. Se conocieron en el metro, cuando el judío hacía ver que leía un libro. A Sandro le parecía original haberlo conocido allí de ese modo y nos lo dijo con orgullo cuando el judío declaró que ha conocido a muchas personas en el mismo tren, leyendo el mismo libro. La madre del judío vivía por el barrio y es lesbiana. “Bueno, hoy en día es natural”, dijo. Derrick le preguntó si su madre era “butch” (macha, masculina) y cuando el judío dijo que sí, Sandro, cuyo inglés a veces cojeaba un poco, entendió que su madre era una “bitch” (perra) Después de reirnos mucho empezó a llover, pero ya habíamos decidido irnos a un restaurante chino a cenar donde, por debajo de la mesa, Derrick me daba su mano gigante.

Compartimos un insípido plato de verduras y pollo hervido porque nos lo aconsejó el judío. Derrick no paraba de sumergir sus trozos de pollo en una salsa que en realidad era para otra cosa. No nos gustó el judío a ninguno de los dos.

Ya nos íbamos para casa los cuatro. Sandro y el judío querían caminar hasta la parada del A y Derrick y yo tomamos el L en la catorce. Yo le hacía reir con comentarios que se me ocurrían acerca de las personas que nos rodeaban. Quería que viniera a casa pero dijo que no, que como máximo me acompañaba a pasear a Golfo.

Golfo le hizo muchas fiestas porque a él le gusta todo el mundo. Paseamos y acompañé a Derrick unas calles. Seguía negándose a venir a casa alegando que no quería que eso estropeara una incipiente amistad. Sin embargo, me condujo por una calle oscura donde me invitó a tocar su pene erecto. Pero no, no vendría a casa, lo cual me parecía absurdo, pero lo respeté. Dijo que me llamaría al día siguiente.

Al día siguiente hablamos por teléfono. Mientras estaba en el gimnasio del barrio, oyó tiros en la calle. Un muchacho con un rifle le estaba disparando a alguien que corría. Después hablamos de otras cosas, entre ellas en la de vernos más tarde, como a la hora de cenar. Tenía pensado llevarle a Jorge´s, el restaurante dominicano de la calle Séneca.

Me pidió que caminara un poco más para encontrarle a la altura del supermercado y al salir de casa empecé a oir un montón de coches de la policía con las sirenas a toda pastilla por todo Gates hasta Séneca, donde era la concentración policial. Me paré en la esquina con miedo a cruzar por si recibía algún balazo y le pregunté a alguien qué era lo que pasaba. Por lo visto corría por ahi un muchacho disparando con un rifle. No tardé en decidirme a cruzar la calle, no intuía muerte, así que me sentí seguro.

Vi a Derrick, altísimo y tan guardaespaldas venir a mi encuentro. Nos encontramos en medio de la turba de policías de nuevo y fuimos hacia el restaurante dominicano de Wyckoff, donde los dos pedimos chicharrones de pollo. Le encantó el lugar aunque no se sentía a gusto cerca de la ventana por lo de los tiros.

Al salir pensaba que vendría a casa pero también se negó, yo me molesté, nos despedimos y cuando empecé a caminar él me preguntó si hablaríamos al día siguiente. Le dije que sí, que claro (con cierto tono irónico)

No le volví a llamar ni él a mi tampoco.

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