martes, noviembre 02, 2010

Preguntas sin respuesta


Hemos terminado la bombona de gas y nos hemos quedado sin cena. David ha ido a por jamón y queso, hemos hecho unos bocadillos y me ha contado cosas sobre Jorge y su antigua relación con él. Después hemos jugado a la canasta y por primera vez le he ganado. Se pone muy nervioso cuando pierde, hasta me siento mal. Me da cierto placer verle ganar porque entonces piensa que soy estúpido y está de buen humor. En este mundo competitivo todo el mundo quiere “ganar”. En realidad no se gana nada, sólo una vana satisfacción ilusoria de que hemos vencido. Todas las victorias me han producido siempre mucha lástima. Nunca vi nada más triste que un hombre levantando una copa o recibiendo una medalla de oro. Somos pequeños pero nos sentimos grandes encima de un podium que no tiene más de medio metro de altura. Lo mejor que se puede hacer ante los juegos de competición es apagar la televisión.

He ido al Bailão con David y he salido después de una hora. Hubiera salido mucho antes, a los diez minutos pero David ha querido convencerme de que más tarde “se pone mejor”. No es algo ya de aquí, sino má bien universal: la gente se aisla cuánto más se junta. Todas las personas estaban rodeadas de una cerca que abrirían sólo al tipo que despierte su interés sexual. Pero se trata de no demostrar ese interés, se trata de no cruzar miradas con nadie, como si no hubiera intención alguna más allá del bailar o escuchar música. Pero yo, que asisto a esta constante obra, la conozco porque he participado también de los ensayos y, hasta cierto punto, yo la he escrito.
Al salir, un tipo me ha puesto una pulsera de papel en la muñeca, por si quería volver. Aunque no pensaba volver le he dejado que la pusiera porque no tenía prisa o porque al decirle que no hubiera interrumpido mi pensamiento. Una vez en la calle me la he arrancado y al hacerlo me he despojado de todos los derechos a regresar.

Un indigente se me ha acercado hablándome y yo sólo le he dicho que no sin detenerme. Le he dejado con cierta cara de sorpresa, como si mi no no encajase en ninguna de las posibles respuestas que esperaba obtener.
Los garotos de programa estaban ahí, alrededor de la Plaza República y no había mucha diferencia entre ellos y los prostitutos de la Schäffergasse en Frankfurt o los de Montreal. Las posturas que adoptan son las mismas, es la misma espera, sólo cambia el clima y el decorado. En realidad no son ni siquiera otras personas, ni son lugares diferentes. Es todo lo mismo, exacto, aburrido. Quizás sólo yo haya cambiado y los olores, sabores y otras percepciones de los lugares por donde he deambulado no sean más que diferentes representaciones de mi yo a través del tiempo y que yo haya sido toda mi percepción.

He visto a Adriano frente al Caneca. Siempre está buscando a alguien, con el cuello estirado, mirando hacia dentro del bar. Después, también como siempre, se ha acercado a un grupo de hombres y ha abrazado a uno de ellos con esa falsa alegría que ya conozco. En ninguno de esos abrazos en los que posa la mejilla sonriente en el pecho de la otra persona he visto sentimiento (aunque sí mucha soledad, la soledad de Adriano hace ruido). Nunca vi ningún sentimiento por parte de Adriano hacia nada o hacia nadie. Nunca le conocí, nunca me dijo quién era. Quizás sea esa la razón por la que siempre parece buscar a alguien que no encuentra. Porque ese alguien no existe, como él.

¿Escribo para alejarme o para acercarme? De cualquier modo, ¿lo consigo? ¿Cuál es el motivo de escribir esto? ¿No es relatar cosas sucedidas una manera, no de entenderlas, sino de disfrazarlas, cambiarlas, para aceptarlas? La realidad puede ser horrible e insoportable pero en un papel, si se logra hacer bien, puede ser hasta seductora. Si lograra escribir todos mis dolores y disfrazarlos, tal vez podría sublimarlos, conseguir que ya no duelan, ir más allá de ellos, sobrepasarlos. ¿Quién sería yo una vez lejos de mí mismo? ¿O quién sería yo demasiado cerca? Porque tanto lo que está muy lejos como lo que está muy cerca es difícil de ver.

Tengo la sensación de que si me impongo más tiempo en Sao Paulo terminaré por sentirme cautivo. Por otro lado, ¿la libertad está en un lugar? ¿Si salgo de este país será mejor en otro? ¿Cuando se termina la esperanza toma su lugar el asco? Pero aún así, si sintiera asco hacia todo, ¿desde qué lugar lo haría? ¿Qué país no cruje cuando se le pisa? ¿Qué nombre puedo ponerme cuando ya no me importe nada? ¿Qué papel haré para los demás y qué verán ellos en mí?
Hay gente solitaria que vaga, como yo. No nos reconocemos, es más, nos evitamos. Cuando el solitario anda buscando no quiere encontrar a otro solitario. Lo que atrae a la oscuridad es la luz, no otra oscuridad (no sé si la analogía es válida porque los que vagamos solitarios no siempre andamos entre las tinieblas)

Los peatones tienen miedo de los coches. Los pasos cebra están dibujados para indicar por dónde se tiene que correr para evitar que te arrolle un turismo. Si estás cruzando en el mismo momento en el que un coche va girar, te insulta no ya para que te apartes, sino para que desaparezcas del camino.

Todas las noches, cuando me voy a dormir, evoco un mundo que no conozco con el fin de sentirme a gusto y llamar al sueño. No pienso en lo que haré al día siguiente ni hago planes de futuro. Así como a Natalia le gustaba imaginar que entraba en su harén de hombres afeminados yo dibujo mi propio paisaje, algo que no he visto nunca y quién sabe si encontraré alguna vez. Esas imágenes me mecen y me duermen. No sé si eso me ayuda a vivir pero con toda certeza me ayudan a dejar de hacerlo. Vivimos en el sueño una tercera parte de nuestra vida y suceden cosas en los sueños. El cuerpo ya no molesta, no está, no sonreímos con una boca ni corremos con las piernas. Al regresar de esos viajes diarios es cuando todo pesa, de todo hay que rendir cuentas, todo tiene que seguir una lógica. La realidad es lo que más me pierde.

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