lunes, diciembre 13, 2010

El niño de 1993

Mi amigo Joe me pidió que le acompañara al podólogo de la noventa y algo con Northern Boulevard, una avenida ancha y pacifica que se transforma violentamente a partir de la noventa y tres, pero que hasta ahí es relativamente apacible, los edificios van precedidos de un pequeño jardín y los vecinos caminan en silencio, con cautela, como si caminaran en zapatillas, apenas rozando el suelo porque los ricos, como el plasma, están hechos de una materia muy sutil, se deslizan como plumas y alzan el vuelo sin batir las alas. La podóloga estaba, pues, en la frontera del paraíso con el purgatorio. Parecía que iba a llover. Era un día de septiembre en el que las temperaturas eran algo inestables. Andábamos sin prisa, como paseando, y yo tenía las manos en los bolsillos, como los chulos en las películas de Pasolini.
Compramos almendras garrarpiñadas para el camino a un vendedor ambulante. En cuanto empiece a llover, pensé, le diré a Joe lo que pienso de su nuevo amante. Siempre me han gustado las tormentas para las confidencias. Pero al caer las primeras gotas ya habíamos llegado. Entré en el podólogo abrazando mi libro, protegiéndolo de la lluvia, como la madre que huye del hospital abrazada a su aborto para hacerle el boca a boca en la intimidad de su cuarto de baño.
El libro era el volumen cinco de una obra que estaba ya terminando y que me llevé para distraerme mientras atendían a Joe.
Cuando le llamaron me quedé solo en la sala de espera. Inicié mi lectura. El ambiente era propicio, no había nadie más que una recepcionista vestida de blanco atendiendo citas por teléfono con su cara afilada detrás de un mostrador muy alto. Algunos pacientes salían de recónditos lugares para reservar su próxima visita y esperaban a que la telefonista les atendiera. Cuando ella terminaba ellos se ponían de puntillas porque la edad los había empequeñecido y se veían obligados a trepar el mostrador, hecho exclusivamente, bien para la altura de los jóvenes o para humillar a los viejos porque todos eran de avanzada edad, todos tenían por lo menos un juanete y todos parecían no tener ningún otro sitio adonde ir.
Sobre el mostrador había un pie de plástico que mostraba sus entrañas: músculos (si es que hay), tendones, venas y todo eso. Una maravilla de pie. Mi dentista tenía una dentadura, el urólogo un pene, el peluquero revistas de peinados y el médico general la foto de un bebé sonriendo en una pradera al lado de un póster del cuerpo humano. Todos ellos hacen poesía del dolor.
A los cinco minutos entró un matrimonio mayor con un niño de unos diez años. Comprendí que eran los abuelos con el nieto. El niño, regordito, algo tostado de piel y ojos verdes rasgados, como el de un dibujo oriental, parecía que conducía a los abuelos. Llevaba consigo esa especie de tranquilidad del que todo lo sabe y la carga del que tiene que disimular no saberlo. No había tensión en su mirada y se comportaba con la naturalidad del sabio que en todas partes ha estado y ha pregonado.
Mientras que el matrimonio esperaba sentado, el niño permanecía en pie atendiendo a la conversación que le daba su abuelo. Como yo no podia ya concentrarme en la lectura escuchaba lo que decian y parecia que el niño me respondia a mí lo que los abuelos le preguntaban. Era como si el niño supiera que yo me manifestaba a través de sus familiares pero al ser tan joven desconociera el protocolo de dirigir su mirada a su interlocutor. Pronto anunciaron el apellido de los señores. La abuela entró por un pasillo y el abuelo por otro. Antes de desaparecer le pidieron al nieto que se quedara ahí tranquilo. El niño, sin quitarme la vista de encima, asintió.
El silencio volvió a tomar por asalto el lugar pero esta vez era un silencio codificado en el que el niño balbuceaba palabras y me rondaba sin quitarme los ojos de encima, como a punto de decirme algo, iniciar un coloquio, hacerme hablar y obligarme a romper con mi voz el misterio de mi presencia (como yo he sido niño comprendí perfectamente mi imagen de mayor a través de mi recuerdo) El niño empezó a estudiar de cerca el pie del mostrador y a balbucear cosas referentes a él que yo no llegaba a entender, sin duda para que le sacara un tema de conversación.
Hago un breve paréntesis para hacer constar mi inutilidad en entablar conversaciones sin fin alguno. Una noche, paramos con Ovidio a comprar cosas para un viaje que tenía al día siguiente, me encontraba yo en la sección de revistas cuando apareció repentinamente y a toda prisa (como si apareciese sólo para copular conmigo y luego dejarme tirado) un tipo de unos treinta anos, grande, latino. Yo miraba las revistas en general y el se posó sobre las de coches como un insecto al que cualquier polen ya le viene bien. Notaba fuertemente que quería iniciar una conversacion, sobre todo porque en cuanto aterrizó (su velocidad sólo le permitía un aterrizaje más que una llegada casual) me saludó con cierto nerviosismo, para acaso recorrer rápido los preámbulos y pasar a la acción. Efectivamente, me inició una extrana conversación:
- Que pasada de coches, tío.
Me las vi y me las deseé para responderle. ¿Que podía decirle a eso? Le contesté con un "sí" lo mas convincente que pude. El continuó:
- A mi me fascina el BMW serie XXX, me lo quiero comprar.
Esa segunda jugada suya ya me dejó sin habla. Ya no podia esconderme de mi mismo, si hablaba me reconocería, como esos personajes que se encuentra un sonámbulo cuando se levanta, que al interceptar su sueño con su presencia provocan la tímida retirada del sonámbulo hacia su cama.
- Sí, pero son caros –respondí-
Ahí mismo desapareció con la misma velocidad con la que apareció, hacia su realidad. La respuesta, obviamente, no era esa.
Bueno, volviendo al niño que miraba el pie anatómico de la recepción del podólogo, decía que rondaba por la sala de espera balbuceando palabras y buscando conversación, así que me ví en un contexto parecido al del chico de las revistas con la ventaja de que esta vez era un niño y los niños tienen sueños más profundos, a veces, y son más difíciles de despertar. Comprendi que debía decirle algo y empecé, refiriéndome al pie anatómico del mostrador.
- Que bonito pie, ahora solo falta el otro.
- Sí, qué lástima que yo no tenga esto.
- ¿Cómo que no lo tienes?
- No, no tengo este pie porque no soy humano
- Oh, ¿entonces qué eres?
- Soy un robot
- Entonces, si eres un robot no tienes sentimientos.
- No.
Se me ocurrió preguntarle cómo era que siendo un robot sin sentimientos se encontrara esperando a sus abuelos o algo relacionado con ellos, pero me parecía muy fuerte. Tenia que continuar su juego sin romperle los esquemas.
- ¿Pero aprenderás a tenerlos?
- Si, quisiera aprender pero no puedo, quizás con el tiempo. Ya me gustaria ser humano.
- ¿Y tampoco sufres enfermedades?
- No, tampoco. Bueno, si me tiran agua echo chispas.
Recordé que hacía poco, bebiendo de su botella de agua se atragantó.
- Pero antes casi te atragantas.
- Bueno, sí, antes sí.
- ¿Si bebes agua no echas chispas?
- Si la bebo no.
- ¿Porque si la bebes te va adentro, no?
- Si, es diferente, si la bebo no echo chispas.
- ¿Adónde te va?
- Directamente a las piernas. Al beber antes he sentido como un cosquilleo.
- ¿Cuándo te hicieron?
- Tengo ciento nueve años pero consta como que tengo diez. Me hicieron en 1993. Hace cien años que vivo.
Se hizo un lio un lío con las fechas y sentí un brote de ternura hacia la imperfección de la fantasía instantánea.
- ¿Tu familia sabe que eres un robot o lo ocultas?
- Algunos lo saben y otros lo intuyen. Lo que pasa es que a veces tomo otras formas. A veces soy este que ves y a veces otro.
- Transfórmate para que lo vea.
- No puedo, ya me gustaria. No me dejan transformarme delante de la gente. Puedo decir que soy robot pero no puedo hacer transformaciones.
- Pues escóndete en ese cuarto y aparece siendo otro.
- Tampoco puedo.
Llegados a este punto, la abuela, que estaba sentada en una silla tipo dentista en una habitación con la puerta abierta y de espaldas empezó a incomodarse al oír a su nieto hablando con un extraño. Yo continué, total, la abuela tenia los pies desnudos y la estaban atendiendo, no podía levantarse a hacer callar al nieto. Quise continuar el diálogo.
- Entonces, ¿quieres decir que un día puedo verte por la calle siendo otro?
- Si, claro
- ¿Cómo te reconoceré, entonces?
- Por mis ojos verdes sabrás que soy yo.
- Mucha gente tiene los ojos verdes.
- Sí, pero no como los míos.
Tenía razón, tenia unos ojos especiales. Le hubiera incluso creido un alienígena o cualquier otra cosa pero ser un robot me parecía una condición más denigrante si cabe que la de ser humano.
La abuela, sin poder contenerse más, le llamó a su lado con su voz trémula. El niño atravesó el pasillo hasta situarse frente a la abuela que le cogió de la mano. No pude entender lo que ella le decía pero por lo que él contestaba le habia preguntado qué hablaba conmigo y luego le prohibió que se moviera de su lado por si yo era de los viejos que ofrezco caramelos a los ninos y luego me los llevo a casa, les pongo películas pornográficas y les incito a practicas homosexuales.
Minutos mas tarde ya estaba con Joe de nuevo, caminando por Northern Boulevard de regreso a casa. Antes compraríamos algo para hacer un aperitivo y una botella de vino en la Avenida 37. La tarde había aclarado. Me había olvidado de la confidencia que quería hacerle a Joe sobre su nuevo amante. Ya no me importaba, sólo podía pensar en el niño de 1993, en la seguridad con la que afrontaba su condición, en su lenguaje de autómata recién salido de las pinturas orientales que vino a traerme un mensaje algo confuso. Quizás vino a decirme que volvería a encontrarme, esta vez dentro de otro cuerpo más de mi siglo y me llevaría a…No, a otro planeta no. ¿Por qué no dijo que era un alienígena en lugar de un estúpido robot?
Quizás algún día, de aqui a diez o quince años, me encuentre con unos ojos verdes que me sonrían, se dirijan a mí y me inviten a un almacén a comer tornillos. Seguro que por fin, su presencia, me arrancará de una vez por todas de esta realidad en la que poco me importa que se acerque el otoño.
Esa tarde bebí mucho vino y lloré hacia adentro, como si mis ojos, tragándose las lágrimas, las dirigieran directamente al corazón, donde residía toda la soledad del momento. Y no pude ver sino el verde de todos los lugares, recreándolos para fundirme con ellos sin echar siquiera una chispa.

12 Comentarios:

Blogger ✙Eurice✙ dijo...

¡¡¡¡¡Jodeeeeeeeeer!!!!
Que buenas historias cuentas Romek, que bien describes las situaciones. ¿Sabes qué? el niño sencillamente se quedó contigo, te tomó el pelo vaya...pero eso tú ya lo sabes. Lo niños tienen una gran imaginación y cuando eres niño sueñas con convencer a cualquiera.
Te voy a contar uan historía real que argumenta lo que te he dicho, me sucedió a mi.
Mi hijo de 10 años salió al parque cercano de casa con su hermana de seís. Yo estaba trabajando en el turno de tarde en mi Hospital (soy enfermera) de pronto sonó el telefono de la consulta y era la policía que me instaba a personarme en el reten de el parque de recreo,salí como una bala tras pedir permiso. Cuando llegué allí, estaba mi hijo cabreado diciendome :
Mamá la teta(aqui en Valencia, a los hermanos o amigos queridos, se les dice cariñosamente, teta o tete)ha liado una que no veas.
La niña se escapó del hermano que estaba jugando al ajedrez, en el parque hay un gran tablero en la tierra con las fichas grandes para poderlas mover. Cuando él se percató y fue en su busca, asustado acudió al reten de la policía del parque y cuando pregunto por su hermana, le dijeron que la niña que tenían allí no tenia hermanos, que vivia con su madrasta que la hacia fregar y la maltrataba y encima no le daba de comer, asi que se sentó a esperarme llegar.
Cuando llegue mi hija se reia y el policía la cogió de una oreja y le dijo de todo, si hasta la invitaron a un bocadillo de jamón por que creían que no había comido en todo el día,ja,ja,ja...la muy borde representó el papel de la cenicienta a la perfección y no engaño a un policía ,sino a los tres que allí habían.
Me dijeron :
Señora tenga cuidado con esta niña que tiene un poder de convicción innato, mejor que el día de mañana se dedique al teatro. :)
El poder de persuasión mental de un niño es inimaginable.
Mientras estos hechos sucedían mi madre continuaba ajena a toda la situación ensimismada en la lectura de su novela sentada en un banco del parque.
Que tengas una buena semana.
Saludos

9:49 a. m.  
Blogger Romek Dubczek dijo...

Jejej vaya con los niños. Si, de hecho sabia que mentia, claro, porque un robot no era creible pero de haberme dicho que era de otro planeta junto a cuatro o cinco cosas coherentes (y, quizas, alguna demostracion) le habria creido. Tenia algo que le hacia diferente, no se, tan diferente que lo escribi.
Un beso, Eurice, y gracias por tu historia :)

9:57 a. m.  
Anonymous Estrella dijo...

Te llevo en mi corazón.
Un fuerte abrazo

11:34 a. m.  
Blogger Romek Dubczek dijo...

Gracias, Estrella. Mira que si te vas de aquí te voy a buscar jeje

1:38 p. m.  
Blogger Alforte dijo...

Me ha encantado el texto, aunque te puedo asegurar que como docente que el vocabulario del niño no pertenece a este mundo, si bien él dijo que era un robot y se expresa con ese desparpajo, eso evidencia que dice la verdad jejeje

Besote verde

3:54 p. m.  
Blogger Romek Dubczek dijo...

eso es Alforte! no era de este mundo...uhm...me haces pensar

5:02 p. m.  
Blogger Pimpf dijo...

Cualquier otro habría pensado que era Jesucristo. HOmbre, la historia da para pensar muchas cosas, pensarlas con calma y no quedarnos solo con una historia de un niño, que los niños suelen ser especiales es cierto, los ojos verdes suelen ser especiales también, y los niños robots ni te cuento... una delicia de texto.

Bicos Ricos

8:40 p. m.  
Blogger Romek Dubczek dijo...

Gracias, Pimpf, debí haberle fotografiado. Lo que más me impresionó fue cuando me dijo que volvería a encontrarle y que le reconocería por sus ojos verdes.

11:24 p. m.  
Blogger Rosa dijo...

A mi me dejas pasmá tio!!

Besos Romek

10:57 a. m.  
Blogger Aldabra dijo...

¡ese niño será algo grande de mayor! ¡con esa imaginación!

un relato fantástico, por cómo lo has contado, por cómo lo has descrito... iba a decir que parece una peli, pero ya que eres más de teatro... os veo en el escenario representando esa escena.

muy visual.

biquiños.

1:04 p. m.  
Blogger iliamehoy dijo...

Y me tuviste esperando a que lloviera para saber cómo reaccionaba Joe ante tu sinceridad.
Muy buen relato...
Una sonrisa

6:04 p. m.  
Blogger ✙Eurice✙ dijo...

Paso a dejarte mis felicitaciones por estas fechas en caso de que las celebres, y de paso desearte un feliz año 2011...estaré ausente por un tiempo, me marcho fuera en estas fechas...
Creo que podras soportar mi ausencia ;),ja,ja,ja, al fin y al cabo hace poco que nos leemos y aun no hemos pasado a los besos,ja,ja,ja.
Cuidate y sigue escribiendo de lujo, no me extraña nada que ganes premios, es una adicción leerte y a mi las adicciones me dan fuerte,ja,ja,ja.

10:11 p. m.  

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